Sufro al mirar por la ventana.
Y aunque no se como explicarlo, hoy me he convertido en una persona totalmente dependiente, dispuesta a que me resuelvan todos mis problemas… y me siento inútil. Al mismo tiempo llevo marchitándome dentro de esta caja más de medio año y no puedo soportarlo más. La realidad es que me estoy viendo un parecido con Gregor Samsa, el personaje de Franz Kafka en “La Metamorfosis” y me aterroriza.
Sí, es verdad, tengo miedo de convertirme en un escarabajo; solo el hecho de pensarlo me entra escalofríos, pero es que no se como escapar de dicho temor.
Hoy vinieron a verme unos amigos del trabajo, pero no he querido recibirlos, no quiero que me vean así, todo marchitado y enjuto. ¡Que se vayan!
Desde que tuve el accidente he quedado gravemente enfermo y esta enfermedad es profunda y cruel, ya que es mi propia tristeza la que me esta consumiendo hasta mis huesos húmeros, hasta el tuétano.
He sufrido una amputación de mi cuerpo y no me veo del todo simétrico, jamás me veré igual. Aunque el dolor de ver como amputaban mi brazo fuera horrendo, el dolor que llevo ahora es más grave, porque sufre todo mi ser. Porque el ve que no hay ninguna armonía en este cuerpo enjuto y se siente huérfano de padre y madre.
Lo mismo sentí cuando vine a Europa. El hecho de dejar aquellos paisajes andinos me sumergía en una carencia de afectos incomparables. No se como explicarlo.
Cada mañana cuando me levanto me asomo por la ventana y veo a la gente pasar despreocupados de lo que pasa en los interiores de esta clínica, ajenos de lo que yo siento y ajenos a todo tipo de dolor. Los veo inmunes.
Ahora deseo tener una intoxicación etílica profunda y no levantarme jamás. Quedar postrado en una cama atado e inconciente. Pero no creo que se me cumpla y eso se debe a que no soy muy católico.
Ramón me dijo un día: “El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad”, y hoy quiero salir de esta realidad, y no me importa lo que pueda pasar.
No quiero pensar que me he introducido en el túnel de la depresión, ni quiero burlarme de ella, solo quiero saber que es lo que me pasa, que es lo que me produce tanta tristeza.
La amputación de mi brazo ha sido el rocío final de mi otoño catalán y de mi agonía andina.
El temor de convertirme en un escarabajo sigue patente y estoy seguro que no se me ira del todo.
Lo que más me entristece es que ya no podré escribir jamás, ni podré presionar ninguna tecla con confianza, quedare roto ante mi altar de libros legañosos a la espera de que sean leídos o violados literalmente. Hoy estas líneas están siendo escritas por mi fiel amada, que se sumerge conmigo en este hoyo fantasmal que es el de no ser una persona simétrica.
Pues quiero huir de aquí. El sol ya está entrando como un ladrón en mi balcón catalán y yo sigo en la penumbra de mi rincón llamado Kafka.
Y aunque no se como explicarlo, hoy me he convertido en una persona totalmente dependiente, dispuesta a que me resuelvan todos mis problemas… y me siento inútil. Al mismo tiempo llevo marchitándome dentro de esta caja más de medio año y no puedo soportarlo más. La realidad es que me estoy viendo un parecido con Gregor Samsa, el personaje de Franz Kafka en “La Metamorfosis” y me aterroriza.
Sí, es verdad, tengo miedo de convertirme en un escarabajo; solo el hecho de pensarlo me entra escalofríos, pero es que no se como escapar de dicho temor.
Hoy vinieron a verme unos amigos del trabajo, pero no he querido recibirlos, no quiero que me vean así, todo marchitado y enjuto. ¡Que se vayan!
Desde que tuve el accidente he quedado gravemente enfermo y esta enfermedad es profunda y cruel, ya que es mi propia tristeza la que me esta consumiendo hasta mis huesos húmeros, hasta el tuétano.
He sufrido una amputación de mi cuerpo y no me veo del todo simétrico, jamás me veré igual. Aunque el dolor de ver como amputaban mi brazo fuera horrendo, el dolor que llevo ahora es más grave, porque sufre todo mi ser. Porque el ve que no hay ninguna armonía en este cuerpo enjuto y se siente huérfano de padre y madre.
Lo mismo sentí cuando vine a Europa. El hecho de dejar aquellos paisajes andinos me sumergía en una carencia de afectos incomparables. No se como explicarlo.
Cada mañana cuando me levanto me asomo por la ventana y veo a la gente pasar despreocupados de lo que pasa en los interiores de esta clínica, ajenos de lo que yo siento y ajenos a todo tipo de dolor. Los veo inmunes.
Ahora deseo tener una intoxicación etílica profunda y no levantarme jamás. Quedar postrado en una cama atado e inconciente. Pero no creo que se me cumpla y eso se debe a que no soy muy católico.
Ramón me dijo un día: “El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad”, y hoy quiero salir de esta realidad, y no me importa lo que pueda pasar.
No quiero pensar que me he introducido en el túnel de la depresión, ni quiero burlarme de ella, solo quiero saber que es lo que me pasa, que es lo que me produce tanta tristeza.
La amputación de mi brazo ha sido el rocío final de mi otoño catalán y de mi agonía andina.
El temor de convertirme en un escarabajo sigue patente y estoy seguro que no se me ira del todo.
Lo que más me entristece es que ya no podré escribir jamás, ni podré presionar ninguna tecla con confianza, quedare roto ante mi altar de libros legañosos a la espera de que sean leídos o violados literalmente. Hoy estas líneas están siendo escritas por mi fiel amada, que se sumerge conmigo en este hoyo fantasmal que es el de no ser una persona simétrica.
Pues quiero huir de aquí. El sol ya está entrando como un ladrón en mi balcón catalán y yo sigo en la penumbra de mi rincón llamado Kafka.
No hay comentarios:
Publicar un comentario