La duda que tenía Fernandito cada mañana al despertarse, era el porque su abuela se levantaba tan temprano, y sin hacer ningún tipo de ruido bajaba soñolienta, peldaño a peldaño, las escaleras de caracol del interior de la casa. A Fernandito le pareció muy extraña aquella escena.
Pero una mañana el pequeño Fer se levanto al igual que su abuela y decidió seguirla.
Fernandito que nunca se desprendía de su peluche de Naranjito, -un regalo que le hizo su tío Jerónimo por el mundial de España 82-, bajo abrazadito a el.
Su abuela, una señora regordeta, mofletuda, de ojos achinados y muy graciosa no le importaba madrugar, ya que desde niña se levantaba muy temprano para ayudar a su madre en los sembríos que tenían en Huanuco, su tierra natal. Siempre se entretenía con sus plantas y sus pequeños animales; donde podías encontrar cuyes, conejos, pollos, y hasta una cabra, a la cual llamo Perla. A la mamita, como le decía Fernandito no le preocupaba nada, solo sus pequeñas labores de casa y la atención a su huerta.
Todo lo que hacía detrás de su casa le traía muchos recuerdos de cuando era profesora de primaria en un colegio llamado Callahuanca. En aquel colegio, que se refugiaba entre las montañas del valle de Santa Eulalia, dicto los cursos de lenguaje y matemáticas, aparte de enseñarles a los niños como sembrar maíz y manzanas.
La abuela de Fernandito que se acompañaba de su curiosidad y de sus pasos lentos, ignoraba que su pequeño nieto estaba siguiéndola; y cada paso que daba la mamita, era una gran intriga para el pequeño Fer,-que era como lo llamaba su abuela-; que sin duda y con algo de miedo por ser descubierto, bajaba cuidadosamente las escaleras de su enorme casa.
Aquella madrugada, la luna aún no dormía.
Al ver que su abuela se dirigía hacía el fondo de la casa, supuso que esta vez también iría a la pequeña huerta a ver a sus plantas y a sus animales. Pero no solo era eso, sino que también era para descubrir algo más.
Nunca les dijo ese secreto a sus hijos.
Cuando Fernandito se vio dentro de la huerta perdido en medio de las hojas de los maizales se asusto y se puso a llorar.
Aún estaba amaneciendo y la oscuridad se filtraba entre las ramas.
Fue entonces que su abuela lo descubrió y fue en su ayuda. Busco entre las ramas de maíz y quiwicha y al llegar se encontró a Fernandito llorando y temblando de miedo; al instante lo arropo en su enorme cuerpo caliente y se le vino a la mente el recuerdo de cuando abrazo de la misma forma a Fatima, una niña que se perdió en el camino de Santo Domingo cuando una tarde decidieron bajar al Río Santa Eulalia y Fátima se quedo atrás y se perdió entre las grandes plantaciones de manzanas y chirimoyas que había detrás del colegio. ¡Vaya tarde!, se dijo doña Esperanza hacía dentro.
Al volver en si, la abuela de Fernandito le pregunto: ¿Qué haces levantado Fer?, y Fer le respondió entre secando sus lagrimas y ya mas tranquilo: Solo quería ver que haces mamita. Entonces fue ahí donde su mamita le enseño la higuera que tenía. Un árbol enorme y raro para Fernandito, pero que sabía que aquel árbol daba unos frutos riquísimos, que cada mañana su abuela Esperanza recogía para hacer mermelada y untarlas al pan para cuando sus hijos y nietos se levantasen.
Felipe, su tercer hijo, siempre disfruto de esos riquísimos desayunos.
Después de trepar por las ramas de la higuera y ayudar a su abuela a cosechar los higos, Fernandito le salio con una pregunta a su mamita que ella no se lo esperaba y mucho menos no sabía que contestarle: Abuelita, ¿Cómo son las flores de los higos?, y su mamita que no lo sabia, recordó el día que le hizo la misma pregunta a su difunta madre y ella le respondió: Esperanza, para ver las flores de los higos tienes que levantarte muy temprano. Porque quien madruga, Dios lo ayuda.
Y su mamita que siempre se levantaba muy temprano, no quería engañar a su pequeño Fer. Y le dijo: ¿Me ayudas hacer la mérmela?