31 ene 2009

Las niñas ya no quieren ser princesas...




La Higuera

La duda que tenía Fernandito cada mañana al despertarse, era el porque su abuela se levantaba tan temprano, y sin hacer ningún tipo de ruido bajaba soñolienta, peldaño a peldaño, las escaleras de caracol del interior de la casa. A Fernandito le pareció muy extraña aquella escena.
Pero una mañana el pequeño Fer se levanto al igual que su abuela y decidió seguirla.
Fernandito que nunca se desprendía de su peluche de Naranjito, -un regalo que le hizo su tío Jerónimo por el mundial de España 82-, bajo abrazadito a el.
Su abuela, una señora regordeta, mofletuda, de ojos achinados y muy graciosa no le importaba madrugar, ya que desde niña se levantaba muy temprano para ayudar a su madre en los sembríos que tenían en Huanuco, su tierra natal. Siempre se entretenía con sus plantas y sus pequeños animales; donde podías encontrar cuyes, conejos, pollos, y hasta una cabra, a la cual llamo Perla. A la mamita, como le decía Fernandito no le preocupaba nada, solo sus pequeñas labores de casa y la atención a su huerta.
Todo lo que hacía detrás de su casa le traía muchos recuerdos de cuando era profesora de primaria en un colegio llamado Callahuanca. En aquel colegio, que se refugiaba entre las montañas del valle de Santa Eulalia, dicto los cursos de lenguaje y matemáticas, aparte de enseñarles a los niños como sembrar maíz y manzanas.

La abuela de Fernandito que se acompañaba de su curiosidad y de sus pasos lentos, ignoraba que su pequeño nieto estaba siguiéndola; y cada paso que daba la mamita, era una gran intriga para el pequeño Fer,-que era como lo llamaba su abuela-; que sin duda y con algo de miedo por ser descubierto, bajaba cuidadosamente las escaleras de su enorme casa.
Aquella madrugada, la luna aún no dormía.
Al ver que su abuela se dirigía hacía el fondo de la casa, supuso que esta vez también iría a la pequeña huerta a ver a sus plantas y a sus animales. Pero no solo era eso, sino que también era para descubrir algo más.
Nunca les dijo ese secreto a sus hijos.
Cuando Fernandito se vio dentro de la huerta perdido en medio de las hojas de los maizales se asusto y se puso a llorar.
Aún estaba amaneciendo y la oscuridad se filtraba entre las ramas.
Fue entonces que su abuela lo descubrió y fue en su ayuda. Busco entre las ramas de maíz y quiwicha y al llegar se encontró a Fernandito llorando y temblando de miedo; al instante lo arropo en su enorme cuerpo caliente y se le vino a la mente el recuerdo de cuando abrazo de la misma forma a Fatima, una niña que se perdió en el camino de Santo Domingo cuando una tarde decidieron bajar al Río Santa Eulalia y Fátima se quedo atrás y se perdió entre las grandes plantaciones de manzanas y chirimoyas que había detrás del colegio. ¡Vaya tarde!, se dijo doña Esperanza hacía dentro.
Al volver en si, la abuela de Fernandito le pregunto: ¿Qué haces levantado Fer?, y Fer le respondió entre secando sus lagrimas y ya mas tranquilo: Solo quería ver que haces mamita. Entonces fue ahí donde su mamita le enseño la higuera que tenía. Un árbol enorme y raro para Fernandito, pero que sabía que aquel árbol daba unos frutos riquísimos, que cada mañana su abuela Esperanza recogía para hacer mermelada y untarlas al pan para cuando sus hijos y nietos se levantasen.
Felipe, su tercer hijo, siempre disfruto de esos riquísimos desayunos.
Después de trepar por las ramas de la higuera y ayudar a su abuela a cosechar los higos, Fernandito le salio con una pregunta a su mamita que ella no se lo esperaba y mucho menos no sabía que contestarle: Abuelita, ¿Cómo son las flores de los higos?, y su mamita que no lo sabia, recordó el día que le hizo la misma pregunta a su difunta madre y ella le respondió: Esperanza, para ver las flores de los higos tienes que levantarte muy temprano. Porque quien madruga, Dios lo ayuda.
Y su mamita que siempre se levantaba muy temprano, no quería engañar a su pequeño Fer. Y le dijo: ¿Me ayudas hacer la mérmela?

20 ene 2009

Mujer de aventura...

Mujer de lluvia, que lleno mi vaso de whisky, de cigarrillo rubio americanizado y de canción desconocida.
Mujer de amor ligero e inseguro, la de poesía escondida.
Mujer que dejo besos por duplicado grabados en cada rincón de mi piel.
Mujer que dejo sabores....
Sabor a noche, a aventura, a infidelidad.
Mujer de mil batallas, la de mirada inquietante, la de cejas como bosques donde quede muchas veces perdido.
Mujer de los labios carnosos con sabores inventados.
Mujer de alma rebelde, la de corazón a préstamo.
Mujer que hace el amor como comprar pan por las mañanas.
Mujer de desayuno, de almuerzo y cena; la de las sabanas blancas almendradas.
Mujer de mundo y recuerdo verdadero.
Mujer de belleza...
La que dejo salir al sol por su cintura y guardo a la luna en su recuerdo.
Mujer de atardecer, de noche, de farol, de conquista....Mujer de aventura.

Crónica a los libros olvidados

Esta tarde estuve sumergido durante cinco horas en una librería donde compre ocho libros. Pero lo mejor de todo esto, es que no se donde los voy a poner. Últimamente vengo comprando libros sin cesar, uno tras otro, como queriéndomelos terminar de un porrazo, pero no es así.
Ahora mismo mi biblioteca se esta convirtiendo en un escaparate tétrico donde vez libros de todo tipo que se van haciendo invisibles y no leídos.
A Julio Ramón Ribeyro le paso lo mismo con su biblioteca, pero al de él se le lleno de libros parásitos,-que al fin y al cabo viene hacer lo mismo-, y que llegaban allí no se sabe como. Yo tampoco lo se.
Antes compraba un libro, lo leía y lo guardaba; ahora hago lo contrario, lo guardo y cuando tengo ganas o estoy triste escojo uno y me sumerjo en la historia de dicho libro, pero ya ni eso hago.
No se lo que me pasa.
Esta semana ha sido algo difícil en el trabajo, discusiones, males entendidos, reposiciones de cosas y demás; realmente una mierda.
Mierdas que no te permiten ni leer ni escribir bien, y que te dejan en un estado de soledad profunda queriendo recordar gratos momentos.
Hoy vuelvo a estar triste y no se de donde viene tanta tristeza. Me abruma. Me hiere.
A lo mejor sea la misma tristeza que tuvo Cesar Vallejo en París. No sabría explicarlo.
Un día Cesar me dijo: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”, y sin embargo yo no recuerdo cuando e vivido, porque ahora mismo me estoy muriendo con mis libros invisibles y a la vez legañosos que no tienen cuando despertar.
Seguro que más tarde me llamara Ramón y me dirá: “¡Oh, los libros saben tanto y están tan silenciosos!” y volverá a hundirme dentro de mis libros taciturnos, ignorantes de mi dolor que me produce abrirlos.
No se lo que me pasa. ¿O si lo sé?
Qué más da, aún me sigue costando abrir las paginas de mi dolor…aún me está quemando, aún están durmiendo.

Amputación...

Sufro al mirar por la ventana.
Y aunque no se como explicarlo, hoy me he convertido en una persona totalmente dependiente, dispuesta a que me resuelvan todos mis problemas… y me siento inútil. Al mismo tiempo llevo marchitándome dentro de esta caja más de medio año y no puedo soportarlo más. La realidad es que me estoy viendo un parecido con Gregor Samsa, el personaje de Franz Kafka en “La Metamorfosis” y me aterroriza.
Sí, es verdad, tengo miedo de convertirme en un escarabajo; solo el hecho de pensarlo me entra escalofríos, pero es que no se como escapar de dicho temor.
Hoy vinieron a verme unos amigos del trabajo, pero no he querido recibirlos, no quiero que me vean así, todo marchitado y enjuto. ¡Que se vayan!
Desde que tuve el accidente he quedado gravemente enfermo y esta enfermedad es profunda y cruel, ya que es mi propia tristeza la que me esta consumiendo hasta mis huesos húmeros, hasta el tuétano.
He sufrido una amputación de mi cuerpo y no me veo del todo simétrico, jamás me veré igual. Aunque el dolor de ver como amputaban mi brazo fuera horrendo, el dolor que llevo ahora es más grave, porque sufre todo mi ser. Porque el ve que no hay ninguna armonía en este cuerpo enjuto y se siente huérfano de padre y madre.
Lo mismo sentí cuando vine a Europa. El hecho de dejar aquellos paisajes andinos me sumergía en una carencia de afectos incomparables. No se como explicarlo.

Cada mañana cuando me levanto me asomo por la ventana y veo a la gente pasar despreocupados de lo que pasa en los interiores de esta clínica, ajenos de lo que yo siento y ajenos a todo tipo de dolor. Los veo inmunes.
Ahora deseo tener una intoxicación etílica profunda y no levantarme jamás. Quedar postrado en una cama atado e inconciente. Pero no creo que se me cumpla y eso se debe a que no soy muy católico.
Ramón me dijo un día: “El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad”, y hoy quiero salir de esta realidad, y no me importa lo que pueda pasar.
No quiero pensar que me he introducido en el túnel de la depresión, ni quiero burlarme de ella, solo quiero saber que es lo que me pasa, que es lo que me produce tanta tristeza.
La amputación de mi brazo ha sido el rocío final de mi otoño catalán y de mi agonía andina.
El temor de convertirme en un escarabajo sigue patente y estoy seguro que no se me ira del todo.
Lo que más me entristece es que ya no podré escribir jamás, ni podré presionar ninguna tecla con confianza, quedare roto ante mi altar de libros legañosos a la espera de que sean leídos o violados literalmente. Hoy estas líneas están siendo escritas por mi fiel amada, que se sumerge conmigo en este hoyo fantasmal que es el de no ser una persona simétrica.
Pues quiero huir de aquí. El sol ya está entrando como un ladrón en mi balcón catalán y yo sigo en la penumbra de mi rincón llamado Kafka.

Deseo

Deseo soñar, deseo llorar, deseo entristecer, deseo reír, deseo un deseo, deseo un abrazo, una mano; deseo un beso, deseo cantar, deseo verte, tocarte, hablarte.
Deseo bailar, deseo una canción, una poesía, un verso; deseo tu mirada, deseo tantas cosas. Deseo volar, deseo saltar, deseo conocer mundos extraños, deseo recordar, deseo olvidar, deseo vivir....deseo morir.