Lo tengo separado, lo tengo roto...lo tengo herido.
Porque se fue?...lo sabes tu?...porque yo no losé.
Hay mucha distancia...hay mucho valor.
Te acuerdas?
Yo no.
Se me va nublando todo aquello...
No digas eso.
Si!
No quiero esconderme...no quiero huir.
Recuerdalo!
No!...
Si!...
Escuchame.....Te quiero!...
Yo también.
No losé...
Que?...
Dejame verlo...solo un minuto.
Esta bien...
Mi niño, te amo.
No te escucha...No sigas.
Regresa, por favor.
No insistas...
15 may 2009
13 mar 2009
Mi Jacarandá
Doña Esperanza entró muy despacio a la habitación de Fernandito, levanto las manos y corrió las cortinas.
Inmediatamente el sol le robó a Fernandito media habitación, quedandose instalado para siempre en su recuerdo.
Fernandito, que se estaba haciendo el dormido, miraba de soslayo lo que estaba haciendo su abuela. Él no decía nada.
En eso su mamita se le acerca y le dice en voz baja que se levante, que es sábado y que tiene su rico desayuno esperándolo en el comedor.
Fernandito adoraba los sábados.
Inmediatamente el sol le robó a Fernandito media habitación, quedandose instalado para siempre en su recuerdo.
Fernandito, que se estaba haciendo el dormido, miraba de soslayo lo que estaba haciendo su abuela. Él no decía nada.
En eso su mamita se le acerca y le dice en voz baja que se levante, que es sábado y que tiene su rico desayuno esperándolo en el comedor.
Fernandito adoraba los sábados.
Los adoraba porque sabia que su mamita Esperanza se levantaba muy temprano para ir a cocechar higos a la huerta de su casa y luego los trataba con delicadeza para hacer mermelada y untarlas al pan.
Fer tardo unos cinco minutos más.
Fernadito se levanto, se lavó la cara, se cepillo lo dientes, se cambio y desayuno contento.
Desde su comedor se veía aquel árbol hermoso lleno de flores azul-violeta que bailaban con el viento primaveral.
Su balcón molinero se le incrusto de lleno en su memoria.
Mientras Fernandito desayunaba, el viento hacía bailar aquella flores tan hermosas que sin querer se estaban haciendo complices del recuerdo de Fer.
Mientras Fernandito desayunaba, el viento hacía bailar aquella flores tan hermosas que sin querer se estaban haciendo complices del recuerdo de Fer.
Fernandito termino su desayuno con una gran sonrisa y salio corriendo hacía aquel árbol, cruzó la asequia y se sento debajo de el.
Levanto la mirada y cayo sobre él una flor; la flor más hermosa que había visto en su corta vida, pero no entendia que significaba. En eso giro la cabeza y vio que su mamita Esperanza lo vigilaba con ternura desde su ventana....desde su Jacarandá.
9 mar 2009
La Tarantula negra
Laura estaba asustada por los truenos que retumbaban en el cielo. Afuera la fuerte lluvia y el viento que caía sobre el tejado, hizo temblar la calamina del cuarto donde dormía. Su abuela Esperanza estaba a su lado cuando empezó a llorar.
Fernandito que estaba durmiendo profundamente con su mamá Norma no sintió ni truenos ni lluvia, lo único que sentía eran los latidos del corazón de su madre. Soraya, que había llegado el fin de semana al pueblo, estaba durmiendo en una pequeña cama pegada a una carpeta de color marrón, que la dirección del colegio se la presto a Doña Esperanza para que hicieran la tarea sus nietos.
Doña Esperanza se levanto sorprendida al escuchar el sollozo de su nieta y no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Al girar la cabeza hacía su derecha vio que su nenita estaba con la manta sobre la cabeza y llorando. ¿Qué pasa Laurita?, ¿Por qué lloras?, no es nada nenita. Ya pronto pasara la lluvia. Ven échate conmigo. Le dijo su mamita Esperanza.
Laurita que ya estaba más tranquila se levanto de su cama y fue hacía la de su mamita Esperanza que la cobijo y la lleno de besos.
Laurita durmió.
La primera en despertarse fue Soraya ya que tenía muchas ganas de ir a montar caballo con Carlos Flores, un amigo que conoció en los últimos días del mes de abril de 1981 en el festival de la chirimoya, quien le hacía sentir cosas en el estomago cada vez que lo veía.
La alegría que había dentro del cuarto donde dormían se hizo notoria pues era el último día de clase e iba a empezar las fiestas patronales del pueblo de Callahuanca. Unas fiestas que nadie quería perdérselas y mucho menos la familia Cisneros que cada año asistían porque su madre, Doña Esperanza era profesora de primaria en dicho centro y además porque ya tenían muchos amigos en todo el pueblo.
Uno a uno se fue levantando de la difícil noche que pasaron a causa de los truenos y de la lluvia golpeando el tejado de calamina, pero le restaron importancia ya que estaban muy contentos por lo que se venía.
Doña Esperanza se levanto y fue hacía el baño y se alisto lo más rápido posible, ya que pronto tenía que salir al patio a reunirse con los demás profesores del centro para hacer formar a los alumnos. Doña Norma que por ese entonces estaba de vacaciones alisto a su sobrina Laura y a su hijo Fernando para que fueran al colegio, pero sin ninguna prisa, total ellos vivían en el mismo colegio y tenían más consentimiento que el resto del alumnado.
Laura cursaba el tercer grado de primaría y Fernandito la acompañaba en clase. Era un alumno libre. Sin tareas ni obligaciones.
Él decía que había repetido el primer año y es por eso que estaba otra vez aquí en Callahuanca haciendo primer grado, pero no se daba cuenta que donde estaba era un aula de niños de tercer grado, que por suerte su mamita Esperanza llevaba el aula.
Al terminar la formación todos los niños corrieron a sus respectivas aulas seguidos por sus profesores, algunos de los cuales se quedaron charlando un poco de cómo se iba a realizar la clausura y todo sobre los preparativos de las fiestas patronales.
Las señoras que preparaban el desayuno a los alumnos estaban corriendo por medio del patio para tenerlo todo listo para cuando suene la campana y empezar a dar el muy esperado desayuno, el último desayuno, antes de que empiece las vacaciones. Unas enormes tasas de quaker con leche que a los niños les encantaba.
Fernandito, que no se despegaba nunca de su prima Laurita, decidió que ahora si quería hacerlo. Lo único que no lo iba a dejar, porque pronto iba a comenzar la última clase y ver todo sobre la clausura; claro que Fernandito no tenía nada que ver con todo ello, pero su prima Laura que tenía mucha prisa por encontrarse con sus compañeros de clase lo jalaba del brazo y en algunos momentos de los pelos.
Doña Esperanza que estaba en el patio con los demás profesores vio de reojo que sus dos nietos estaban que se jaloneaban, pero nos les hizo mucho caso, total ya se acababa las clases y no era un día para enojarse con ellos. Sonó la última campanada que daba aviso a los alumnos que ya no deberían estar en el patio y por consiguiente todos tendrían que estar en sus salones con las puertas cerradas a la espera de que llegase su profesor.
Cuando Laurita por fin logro convencer a su primo Fernandito para entrar al salón, vio que algo muy rápido entro por la puerta del salón. No se percato que era, solo vio una sombra que se movía muy rápidamente por el suelo.
Fernandito cedió y se sentó a lado de Laurita que ocupaba la primera fila de clase, abrieron sus mochilas y sacaron las tareas que les había dejado su mamita Esperanza. Roberto y Mariela que se sentaban a lado de ellos, hicieron lo mismo. En la otra fila Susana y Fátima los siguieron. Todos querían ver cual era el resumen que habían sacado del paseo que hicieron al Río Santa Eulalia el día anterior, donde pasearon entre los árboles de chirimoya y las plantaciones de manzanas que había alrededor del colegio. Los veinticinco niños que tenía a cargo Doña Esperanza fueron al paseo. Todos comentaban que lo habían pasado muy bien, que les encanto pescar a los pequeños renacuajos que se posaban en las orillas del río. Ese día corrieron, saltaron y jugaron entre los árboles de chirimoya y de pacay. Se escondían entre los manzanales y lo que menos hacían era ir por el camino de Santo Domingo, pero daba igual, porque la profesora Esperanza conocía muy bien el camino al río. No se iban a perder.
Entre que iban al río hacían pequeños descansos, donde Doña Esperanza, una profesora muy cariñosa con sus alumnos, les enseñaba la arcilla roja que había en la tierra. Hacía figuras y cogía mas arcilla para dárselas a sus alumnos e hicieran sus propias figuras, luego todos se lavaban las manos en los riachuelos que caían entre los sembrios. ¿Qué bonita tarde hemos pasado, verdad?; Ese era el comentario dentro del salón. Al entrar la profesora Esperanza todos los alumnos se pusieron de pie. Una norma que había implantado el colegio para cuando entrara un maestro o el director o cualquier persona mayor ajena a la escuela.
Antes de que la mamita Esperanza diera comienzo a la última clase, laurita volvió a ver la sombra que vio antes de entrar al salón, pero esta vez lo vio más claro y lo peor de todo era que trepaba por las paredes del salón.
Fátima grito y los demás niños se asustaron, Laurita que ya lo había visto, pego otro grito más fuerte y Doña Esperanza que no sabía el porque de tanto escándalo giro la cabeza hacía la pizarra, y fue ahí cuando vio una enorme tarántula que bajaba nerviosa por la esquina de la pared.
Bajaba rápidamente.
Doña Esperanza giro y la tarántula la miro fijamente y todos la miraron fijamente, ella la miro fijamente.
Con mucho cuidado y sin hacer ningún tipo de ruido, Doña Esperanza camino hacía los alumnos y les ordeno que se pusieran detrás de ella.
La tarántula era negra con sus patas naranjas y enorme, un terror para los niños que se encontraban en el salón. La tarántula la siguió mirando.
Todos los niños se quedaron detrás de Doña Esperanza esperando la reacción de la tarántula, o la de la mamita Esperanza. No decían nada.
Don Roberto que se había quedado un rato más hablando con el director del colegio sobre las medidas de seguridad que se iban a implantar en estas fiestas, decidió ir a informarle a Doña Esperanza todos los pormenores.
Al entrar por la puerta del salón del tercero A, la reacción que tuvo Don Roberto fue desconcertante. Vio que todo el mundo estaba pegado a la pared y con una cara de pánico. -¿Qué les pasa a todos ustedes? –, Pregunto.
No haga mucho ruido y pase. Ayúdeme a matar a este bicho. Le dijo Doña Esperanza.
Fernandito que estaba durmiendo profundamente con su mamá Norma no sintió ni truenos ni lluvia, lo único que sentía eran los latidos del corazón de su madre. Soraya, que había llegado el fin de semana al pueblo, estaba durmiendo en una pequeña cama pegada a una carpeta de color marrón, que la dirección del colegio se la presto a Doña Esperanza para que hicieran la tarea sus nietos.
Doña Esperanza se levanto sorprendida al escuchar el sollozo de su nieta y no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Al girar la cabeza hacía su derecha vio que su nenita estaba con la manta sobre la cabeza y llorando. ¿Qué pasa Laurita?, ¿Por qué lloras?, no es nada nenita. Ya pronto pasara la lluvia. Ven échate conmigo. Le dijo su mamita Esperanza.
Laurita que ya estaba más tranquila se levanto de su cama y fue hacía la de su mamita Esperanza que la cobijo y la lleno de besos.
Laurita durmió.
La primera en despertarse fue Soraya ya que tenía muchas ganas de ir a montar caballo con Carlos Flores, un amigo que conoció en los últimos días del mes de abril de 1981 en el festival de la chirimoya, quien le hacía sentir cosas en el estomago cada vez que lo veía.
La alegría que había dentro del cuarto donde dormían se hizo notoria pues era el último día de clase e iba a empezar las fiestas patronales del pueblo de Callahuanca. Unas fiestas que nadie quería perdérselas y mucho menos la familia Cisneros que cada año asistían porque su madre, Doña Esperanza era profesora de primaria en dicho centro y además porque ya tenían muchos amigos en todo el pueblo.
Uno a uno se fue levantando de la difícil noche que pasaron a causa de los truenos y de la lluvia golpeando el tejado de calamina, pero le restaron importancia ya que estaban muy contentos por lo que se venía.
Doña Esperanza se levanto y fue hacía el baño y se alisto lo más rápido posible, ya que pronto tenía que salir al patio a reunirse con los demás profesores del centro para hacer formar a los alumnos. Doña Norma que por ese entonces estaba de vacaciones alisto a su sobrina Laura y a su hijo Fernando para que fueran al colegio, pero sin ninguna prisa, total ellos vivían en el mismo colegio y tenían más consentimiento que el resto del alumnado.
Laura cursaba el tercer grado de primaría y Fernandito la acompañaba en clase. Era un alumno libre. Sin tareas ni obligaciones.
Él decía que había repetido el primer año y es por eso que estaba otra vez aquí en Callahuanca haciendo primer grado, pero no se daba cuenta que donde estaba era un aula de niños de tercer grado, que por suerte su mamita Esperanza llevaba el aula.
Al terminar la formación todos los niños corrieron a sus respectivas aulas seguidos por sus profesores, algunos de los cuales se quedaron charlando un poco de cómo se iba a realizar la clausura y todo sobre los preparativos de las fiestas patronales.
Las señoras que preparaban el desayuno a los alumnos estaban corriendo por medio del patio para tenerlo todo listo para cuando suene la campana y empezar a dar el muy esperado desayuno, el último desayuno, antes de que empiece las vacaciones. Unas enormes tasas de quaker con leche que a los niños les encantaba.
Fernandito, que no se despegaba nunca de su prima Laurita, decidió que ahora si quería hacerlo. Lo único que no lo iba a dejar, porque pronto iba a comenzar la última clase y ver todo sobre la clausura; claro que Fernandito no tenía nada que ver con todo ello, pero su prima Laura que tenía mucha prisa por encontrarse con sus compañeros de clase lo jalaba del brazo y en algunos momentos de los pelos.
Doña Esperanza que estaba en el patio con los demás profesores vio de reojo que sus dos nietos estaban que se jaloneaban, pero nos les hizo mucho caso, total ya se acababa las clases y no era un día para enojarse con ellos. Sonó la última campanada que daba aviso a los alumnos que ya no deberían estar en el patio y por consiguiente todos tendrían que estar en sus salones con las puertas cerradas a la espera de que llegase su profesor.
Cuando Laurita por fin logro convencer a su primo Fernandito para entrar al salón, vio que algo muy rápido entro por la puerta del salón. No se percato que era, solo vio una sombra que se movía muy rápidamente por el suelo.
Fernandito cedió y se sentó a lado de Laurita que ocupaba la primera fila de clase, abrieron sus mochilas y sacaron las tareas que les había dejado su mamita Esperanza. Roberto y Mariela que se sentaban a lado de ellos, hicieron lo mismo. En la otra fila Susana y Fátima los siguieron. Todos querían ver cual era el resumen que habían sacado del paseo que hicieron al Río Santa Eulalia el día anterior, donde pasearon entre los árboles de chirimoya y las plantaciones de manzanas que había alrededor del colegio. Los veinticinco niños que tenía a cargo Doña Esperanza fueron al paseo. Todos comentaban que lo habían pasado muy bien, que les encanto pescar a los pequeños renacuajos que se posaban en las orillas del río. Ese día corrieron, saltaron y jugaron entre los árboles de chirimoya y de pacay. Se escondían entre los manzanales y lo que menos hacían era ir por el camino de Santo Domingo, pero daba igual, porque la profesora Esperanza conocía muy bien el camino al río. No se iban a perder.
Entre que iban al río hacían pequeños descansos, donde Doña Esperanza, una profesora muy cariñosa con sus alumnos, les enseñaba la arcilla roja que había en la tierra. Hacía figuras y cogía mas arcilla para dárselas a sus alumnos e hicieran sus propias figuras, luego todos se lavaban las manos en los riachuelos que caían entre los sembrios. ¿Qué bonita tarde hemos pasado, verdad?; Ese era el comentario dentro del salón. Al entrar la profesora Esperanza todos los alumnos se pusieron de pie. Una norma que había implantado el colegio para cuando entrara un maestro o el director o cualquier persona mayor ajena a la escuela.
Antes de que la mamita Esperanza diera comienzo a la última clase, laurita volvió a ver la sombra que vio antes de entrar al salón, pero esta vez lo vio más claro y lo peor de todo era que trepaba por las paredes del salón.
Fátima grito y los demás niños se asustaron, Laurita que ya lo había visto, pego otro grito más fuerte y Doña Esperanza que no sabía el porque de tanto escándalo giro la cabeza hacía la pizarra, y fue ahí cuando vio una enorme tarántula que bajaba nerviosa por la esquina de la pared.
Bajaba rápidamente.
Doña Esperanza giro y la tarántula la miro fijamente y todos la miraron fijamente, ella la miro fijamente.
Con mucho cuidado y sin hacer ningún tipo de ruido, Doña Esperanza camino hacía los alumnos y les ordeno que se pusieran detrás de ella.
La tarántula era negra con sus patas naranjas y enorme, un terror para los niños que se encontraban en el salón. La tarántula la siguió mirando.
Todos los niños se quedaron detrás de Doña Esperanza esperando la reacción de la tarántula, o la de la mamita Esperanza. No decían nada.
Don Roberto que se había quedado un rato más hablando con el director del colegio sobre las medidas de seguridad que se iban a implantar en estas fiestas, decidió ir a informarle a Doña Esperanza todos los pormenores.
Al entrar por la puerta del salón del tercero A, la reacción que tuvo Don Roberto fue desconcertante. Vio que todo el mundo estaba pegado a la pared y con una cara de pánico. -¿Qué les pasa a todos ustedes? –, Pregunto.
No haga mucho ruido y pase. Ayúdeme a matar a este bicho. Le dijo Doña Esperanza.
Don Roberto que ya llevaba la cara de miedo desde nacimiento, entro con mucho cuidado y sin hacer ruido cogió un palo de escoba y se la tiro a la tarántula. El bicho negro corrió más de prisa y aterro a todos dentro del aula. Doña Esperanza se puso muy nerviosa y decidió que todos saliéramos al patio. Laurita que era una niña muy osada salió del aula y fue directamente al jardín. Cogió una enorme piedra y regreso con ella directamente al salón. Doña Esperanza la vio decidida y se aparto. Laurita lanzo aquella piedra a la tarántula con mala fortuna que el bicho salió ileso. Enseguida los demás niños hicieron lo mismo que Laurita y fueron al jardín a coger piedras para matar a esa enorme bestia; que era como la llamaban.
El aula se convirtió en una batalla campal entre el bicho y los alumnos del tercero A. La lluvia de piedras era total. La osadía brutal.
La mamita Esperanza al igual que Don Roberto, gritaban a todo pulmón: ¡Por ahí!... ¡A la derecha!... ¡Cuidado Fatima!...
Hasta que la piedra de Laurita dio de lleno en la panza de la tarántula.
Aquel bicho cayó de lleno al suelo y fue ahí donde Don Roberto con la escoba hecha añicos la barrio hacía el patio para que todos los alumnos del tercero A la rematasen. Uno a uno fue acribillando a la pobre tarántula hasta quedar hecha papilla.
La heroína de aquella mañana invernal fue sin duda Laurita.
La mamita Norma salió enseguida para ver aquel acontecimiento y se aseguro de que lo que había pasado no se olvide jamás, he hizo una foto.
El aula se convirtió en una batalla campal entre el bicho y los alumnos del tercero A. La lluvia de piedras era total. La osadía brutal.
La mamita Esperanza al igual que Don Roberto, gritaban a todo pulmón: ¡Por ahí!... ¡A la derecha!... ¡Cuidado Fatima!...
Hasta que la piedra de Laurita dio de lleno en la panza de la tarántula.
Aquel bicho cayó de lleno al suelo y fue ahí donde Don Roberto con la escoba hecha añicos la barrio hacía el patio para que todos los alumnos del tercero A la rematasen. Uno a uno fue acribillando a la pobre tarántula hasta quedar hecha papilla.
La heroína de aquella mañana invernal fue sin duda Laurita.
La mamita Norma salió enseguida para ver aquel acontecimiento y se aseguro de que lo que había pasado no se olvide jamás, he hizo una foto.
10 feb 2009
Olvido...
Te fuiste una mañana y aún las rosas no despertaban.
Me dejaste al amanecer, cuando aún la luna lloraba por tu ausencia.
Encendí un cigarrillo americanizado dentro del frió infernal y la habitación se lleno de soledad y recuerdo.
¿Como puedo escapar de ti?....¿Lo se acaso?...¡No!...
Pero ahí va el humo entreteniéndose con tu silueta, con tu mirada, con tu risa,...con tu olvido.
Me dejaste al amanecer, cuando aún la luna lloraba por tu ausencia.
Encendí un cigarrillo americanizado dentro del frió infernal y la habitación se lleno de soledad y recuerdo.
¿Como puedo escapar de ti?....¿Lo se acaso?...¡No!...
Pero ahí va el humo entreteniéndose con tu silueta, con tu mirada, con tu risa,...con tu olvido.
2 feb 2009
Las fresas picantes
La madre de Fernandito nunca olvidara la cena que se organizó en casa de la tía Yolanda. Una cena donde se hablo de las grandezas de los anfitriones y de lo mal educados que están los hijos de Jerónimo, hermano de Esperanza.
Esa misma tarde doña Norma llegaba cansada del trabajo, un trabajo que la consumía todo el día y por ello no podía estar pendiente de su pequeño Fernandito, que no se enteraba de lo mal que lo estaba pasando la familia económicamente y de lo que le estaba pasando a su madre, que antes de entrar a su casa se encontró con el padre de Fernandito y discutieron por los útiles que había que comprar al niño para el colegio.
Doña Norma llego a casa, beso a su hijo y lo llevo a la ducha para darle un baño rápido, pero Fernandito desconcertado por la prisa se puso a llorar y su madre que no tenía mucha paciencia le dio un par de palmadas en el poto y lo metió a la tina.
Fernandito entre sollozos pidió que lo bañaran con su jabón de naranjito. Un regalo que le dio su tío Jerónimo un año anterior a vísperas del mundial de España 82. Pero su madre acostumbrada a guardar todos sus regalos para ocasiones especiales no se lo dejaba usar, pero esa tarde para que dejara de llorar su madre lo baño con el jabón de naranjito y así cayó al pequeño Fer.
Ya eran las ocho de la noche cuando Doña Esperanza con sus hijos y sus nietos tomaron un taxi y se fueron hacía la casa de la tía Yolanda. En el camino se ponían de acuerdo de cómo se tenían que comportar en la casa de la tía y de cómo deberían de comer. “Nada de travesuras, ni malas caras y sobre todo comer con educación y cuidadito con romper las plantas”, fue lo que les dijo.
Al llegar a casa de la tía Yolanda se dieron con la sorpresa de que no eran los únicos invitados y por los coches que estaban aparcados se trataba de gente importante, pero eso no les puso nerviosos, así que tocaron el timbre; y quien les recibió fue Dominga, la empleada de la casa, que les hizo pasar por la cocina. Doña Norma estaba sorprendida del porque los hacían pasar por la cocina, pero en ese momento no le dio mucha importancia a la situación.
El asombro fue tal cuando la empleada les dijo que se quedaran en la cocina un momento porque tenía que avisar a Doña Carlota, hija de la tía Yolanda para que los atendiera.
Cuando Doña Carlota entro por la puerta de la cocina Fernandito se quedo de piedra al ver a una señora tan colorida al hablar y con unos movimientos que delataba haberse tomado un par de tragos. Y de lo más normal les dijo: Hola familia, ¿Cómo están?, miren no es por nada pero me gustaría que me echen una mano con los bocaditos, hay que pasarlos entre los invitados y cuidadito con pisar el parquet, caminen por el plástico, ¿okay?, y claro, como han llegado muy tarde, tendrán que comer aquí en la cocina, porque ya no hay sitio en el salón, que pena mis amores, pero aquí estarán más tranquilos y tienen a Dominga para que les ayude, ¿okay amores?, Francisco tiene muchas ganas de verlos, ¡Hay que alegría que estén aquí!, ¡Vamos Dominga, no te quedes parada, pasa ya las copas de vino!, hay esta chica que tonta es, y mira que le dije a Francisco que no la contratara, pero como él es tan bueno, aquí la tenemos, pero en fin. Esperanza, ven aquí para presentarte a unos amigos y ya luego te vienes a aquí a la cocina para ayudar a Dominga, ¿Okay amor?, ¡Uy, que tonta soy!, ¿Cómo esta mi pequeño Fernandito?, no te había visto amorcito, ve arriba a jugar con Rebequita, debe de estar en su cuarto jugando con su Ataqui, Arapi. Atari, tía Carlota, le dijo Fernandito. Eso Atari, anda sube mijito, pero cuidado con pisar el parquet, siempre por el plástico, ¿Okay nene? Bueno familia, les dejo, pero ya saben comen todo ¿Okay?, ¡Vamos Esperanza, no te quedes atrás!
Fernandito algo nervioso, le pidió permiso a su mamá Norma para subir a jugar con Rebequita y sin mirarlo, porque no quería mirarlo ya que tenía la mirada llena de ira, le dijo que si.
La reunión que se estaba llevando a acabo en casa de la tía Yolanda le era indiferente a Fernandito que solo pensaba en jugar Atari con su prima Rebequita y de paso jugar a las escondidas en los jardines de la casa.
Doña Norma que no tenía más remedio que tranquilizarse, se puso a ayudar a Dominga con los bocaditos y con las copas de vino, mientras que sus hermanos Felipe y Soraya servían ya los platos de la cena para que Doña Esperanza y la misma Carlota los pusieran en la mesa. Francisco en ningún momento se acerco a la cocina a saludar a sus sobrinos, pues estaba muy entretenido con sus invitados, todos ellos compañeros de trabajo.
Rebequita era una niña muy linda y algo introvertida, que cada vez que sus padres hacían una reunión se encerraba en su habitación y se ponía a jugar con su Atari, sin embargo ese día no estaba jugando con su Atari, más bien había reunido a todas sus Barbies para salir de compras por las grandes galerías que había construido en los jardines de la casa. Al ver a Fernadito entrar en su habitación le dio una alegría enorme y le dio un beso en la mejilla y con la misma le dijo: ¿Vamos de compras Fer? Y Fer como lo llamaba su mamita Esperanza le dijo: Sí, vamos de compras, pero yo llevo el coche, ¿ya? y así bajaron los dos por la escalera de servicio directamente al jardín.
Al pasar las horas, la sala ya se estaba convirtiendo en un salón de baile y Rebequita y Fernandito seguían de compras por los jardines de la casa, pero en eso a Fer le llamo la atención unos frutos muy rojos que estaban en un rincón del jardín, algo escondidos para ser tan llamativos, y tan bonitos para estar a oscuras. Rebequita que seguía de compras por las galerías que estaban detrás de las palmeras no se percato que Fernandito aparco el coche delante de la planta que le llamo tanto la atención.
Segundos después de haber bajado del triciclo de tres ruedas que Doña Yolanda le regalo a Rebequita por su cumpleaños, Fernandito se metió las manos en los bolsillos y haciendo como si guardara las llaves del coche fue hacía el rincón en donde estaba los frutos rojos y empezó a examinarlos.
Los miraba detalladamente como adivinando de que fruto se trataba, pero no recordaba el nombre, y sin saberlo y con mucho cuidado fue arrancándolo uno a uno. Rebequita que vivía en su mundo de Barbies no vio que Fer estaba jugando con las plantas de su Abuelita Yolanda, porque de haberlo visto de enseguida la habría llamado.
Cuando Fer vio que ya había arrancado lo suficiente para saciar su hambre y su antojo, se dispuso a comerlos a puñados. Comía y comía hasta que se dio cuenta de que la boca se le hacía un fuego y la cabeza una bomba de tiempo. Empezó a gritar y Rebequita que estaba de compras con sus Barbies giro la cabeza y vio a su primo que estaba tirado en el pasto y vomitando cosas rojas, que ella al ser tan niña de bien no podía ver un espectáculo de tal magnitud, así que fue avisar a su mamá Carlota.
Doña Carlota desesperada llamo a Doña Norma, que estaba preparando más copas de vino para los invitados, y al oír su nombre se le puso la cara blanca. Algo nerviosa fue hacía el jardín. Cuando llego al jardín vio que su pequeño Fer estaba tirado en el suelo revolcándose de dolor y lleno de cosas rojas por la cara. Desesperada cogió a su niño y le empezó a quitar todo lo que llevaba encima de la cara y le pregunto a Rebequita que es lo que había pasado.
Rebequita asustada solo le dijo que no había visto nada, que ella estaba jugando con sus Barbies y que no vio lo que estaba haciendo Fer.
En tanto el pequeño Fer seguía quejándose del dolor que sentía en la lengua y no era para menos, pues se había metido a la boca “Pipis de mono”, pequeños ajíes que pican una barbaridad y que te hacen ver al mismísimo demonio.
Francisco que ya llevaba más de dos copas de vino encima, apareció para preguntar que es lo que había pasado y Doña Carlota lo puso al tanto de la situación. Pero también gritaba como loca: ¡Dominga!, ¡Dominga!, ¡ven rápido con el agua, que el niño se esta muriendo!, ¿Ya Dominga?, hay esta chica. Ya vez Francisco, te dije que era muy lenta y tú dale con contratarla, la próxima vez hablo con mi amiga Mari carmen, la del Club, ¿Te acuerdas?, la del Bosque. Bueno, es igual Francisco, tú nunca te enteras de nada, hablare con ella, para ver si me puede mandar a la prima de su empleada, que me ha dicho que es una cholita muy rápida en todo. Hoy mismo la llamo. ¡Dominga!, ¿No ves como se demora con el agua la chola ésta, Francisco? Y aquí el niño muriéndose.
Al ver que la lengua de Fernandito volvía a su color original y que el dolor que sentía en el estomago ya calmaba, Doña Norma cogió a su niño y le dio un jalón de orejas de las que nunca olvidara Fernandito y le dijo: ¡Mira que te lo he dicho, no juegues con las plantas de la tía Yolanda! Y tu dale con jugar, eres terco. Toma más agua, haber si te pasa ya.
Una ves saciada su sed, Fernandito pudo hablar, ya que antes no podía ni le dejaban, porque lo único que recibía eran gritos de su madre y los de su tía Yolanda quejándose a lo lejos de sus plantas.
Yo pensaba que eran fresas, es por eso que las probé, no quería romper tus plantitas tía Carlota, perdóname, seré un niño bueno, ya veras que la próxima ves que venga no jugare en el jardín, me iré a jugar Atari con Rebequita. Te lo prometo.
Y Doña Norma dijo: Si serás burro, esos no son fresas son “Pipis de mono”, anda sécate esas lágrimas y alístate que ya nos vamos, ya has tenido suficiente por hoy. Fernandito se levanto y se fue corriendo al baño. En el camino se topo con Dominga que se estaba riendo de las explicaciones que había dado Fernandito y le dijo: Hay jovencito como va a pensar que esos son fresas, si eso pica como mil demonios. ¡Achachalay! Pobre mi nene. ¿Y cuantos has comido?, como diez, le dijo Fer. No pues jovencito si solo uno pica como mil demonios, diez ya es el infierno, ya no llores, anda lávate la cara que te tienes que ir… ¿Así que fresas no?, fresas picantes serán jovencito.
Esa misma tarde doña Norma llegaba cansada del trabajo, un trabajo que la consumía todo el día y por ello no podía estar pendiente de su pequeño Fernandito, que no se enteraba de lo mal que lo estaba pasando la familia económicamente y de lo que le estaba pasando a su madre, que antes de entrar a su casa se encontró con el padre de Fernandito y discutieron por los útiles que había que comprar al niño para el colegio.
Doña Norma llego a casa, beso a su hijo y lo llevo a la ducha para darle un baño rápido, pero Fernandito desconcertado por la prisa se puso a llorar y su madre que no tenía mucha paciencia le dio un par de palmadas en el poto y lo metió a la tina.
Fernandito entre sollozos pidió que lo bañaran con su jabón de naranjito. Un regalo que le dio su tío Jerónimo un año anterior a vísperas del mundial de España 82. Pero su madre acostumbrada a guardar todos sus regalos para ocasiones especiales no se lo dejaba usar, pero esa tarde para que dejara de llorar su madre lo baño con el jabón de naranjito y así cayó al pequeño Fer.
Ya eran las ocho de la noche cuando Doña Esperanza con sus hijos y sus nietos tomaron un taxi y se fueron hacía la casa de la tía Yolanda. En el camino se ponían de acuerdo de cómo se tenían que comportar en la casa de la tía y de cómo deberían de comer. “Nada de travesuras, ni malas caras y sobre todo comer con educación y cuidadito con romper las plantas”, fue lo que les dijo.
Al llegar a casa de la tía Yolanda se dieron con la sorpresa de que no eran los únicos invitados y por los coches que estaban aparcados se trataba de gente importante, pero eso no les puso nerviosos, así que tocaron el timbre; y quien les recibió fue Dominga, la empleada de la casa, que les hizo pasar por la cocina. Doña Norma estaba sorprendida del porque los hacían pasar por la cocina, pero en ese momento no le dio mucha importancia a la situación.
El asombro fue tal cuando la empleada les dijo que se quedaran en la cocina un momento porque tenía que avisar a Doña Carlota, hija de la tía Yolanda para que los atendiera.
Cuando Doña Carlota entro por la puerta de la cocina Fernandito se quedo de piedra al ver a una señora tan colorida al hablar y con unos movimientos que delataba haberse tomado un par de tragos. Y de lo más normal les dijo: Hola familia, ¿Cómo están?, miren no es por nada pero me gustaría que me echen una mano con los bocaditos, hay que pasarlos entre los invitados y cuidadito con pisar el parquet, caminen por el plástico, ¿okay?, y claro, como han llegado muy tarde, tendrán que comer aquí en la cocina, porque ya no hay sitio en el salón, que pena mis amores, pero aquí estarán más tranquilos y tienen a Dominga para que les ayude, ¿okay amores?, Francisco tiene muchas ganas de verlos, ¡Hay que alegría que estén aquí!, ¡Vamos Dominga, no te quedes parada, pasa ya las copas de vino!, hay esta chica que tonta es, y mira que le dije a Francisco que no la contratara, pero como él es tan bueno, aquí la tenemos, pero en fin. Esperanza, ven aquí para presentarte a unos amigos y ya luego te vienes a aquí a la cocina para ayudar a Dominga, ¿Okay amor?, ¡Uy, que tonta soy!, ¿Cómo esta mi pequeño Fernandito?, no te había visto amorcito, ve arriba a jugar con Rebequita, debe de estar en su cuarto jugando con su Ataqui, Arapi. Atari, tía Carlota, le dijo Fernandito. Eso Atari, anda sube mijito, pero cuidado con pisar el parquet, siempre por el plástico, ¿Okay nene? Bueno familia, les dejo, pero ya saben comen todo ¿Okay?, ¡Vamos Esperanza, no te quedes atrás!
Fernandito algo nervioso, le pidió permiso a su mamá Norma para subir a jugar con Rebequita y sin mirarlo, porque no quería mirarlo ya que tenía la mirada llena de ira, le dijo que si.
La reunión que se estaba llevando a acabo en casa de la tía Yolanda le era indiferente a Fernandito que solo pensaba en jugar Atari con su prima Rebequita y de paso jugar a las escondidas en los jardines de la casa.
Doña Norma que no tenía más remedio que tranquilizarse, se puso a ayudar a Dominga con los bocaditos y con las copas de vino, mientras que sus hermanos Felipe y Soraya servían ya los platos de la cena para que Doña Esperanza y la misma Carlota los pusieran en la mesa. Francisco en ningún momento se acerco a la cocina a saludar a sus sobrinos, pues estaba muy entretenido con sus invitados, todos ellos compañeros de trabajo.
Rebequita era una niña muy linda y algo introvertida, que cada vez que sus padres hacían una reunión se encerraba en su habitación y se ponía a jugar con su Atari, sin embargo ese día no estaba jugando con su Atari, más bien había reunido a todas sus Barbies para salir de compras por las grandes galerías que había construido en los jardines de la casa. Al ver a Fernadito entrar en su habitación le dio una alegría enorme y le dio un beso en la mejilla y con la misma le dijo: ¿Vamos de compras Fer? Y Fer como lo llamaba su mamita Esperanza le dijo: Sí, vamos de compras, pero yo llevo el coche, ¿ya? y así bajaron los dos por la escalera de servicio directamente al jardín.
Al pasar las horas, la sala ya se estaba convirtiendo en un salón de baile y Rebequita y Fernandito seguían de compras por los jardines de la casa, pero en eso a Fer le llamo la atención unos frutos muy rojos que estaban en un rincón del jardín, algo escondidos para ser tan llamativos, y tan bonitos para estar a oscuras. Rebequita que seguía de compras por las galerías que estaban detrás de las palmeras no se percato que Fernandito aparco el coche delante de la planta que le llamo tanto la atención.
Segundos después de haber bajado del triciclo de tres ruedas que Doña Yolanda le regalo a Rebequita por su cumpleaños, Fernandito se metió las manos en los bolsillos y haciendo como si guardara las llaves del coche fue hacía el rincón en donde estaba los frutos rojos y empezó a examinarlos.
Los miraba detalladamente como adivinando de que fruto se trataba, pero no recordaba el nombre, y sin saberlo y con mucho cuidado fue arrancándolo uno a uno. Rebequita que vivía en su mundo de Barbies no vio que Fer estaba jugando con las plantas de su Abuelita Yolanda, porque de haberlo visto de enseguida la habría llamado.
Cuando Fer vio que ya había arrancado lo suficiente para saciar su hambre y su antojo, se dispuso a comerlos a puñados. Comía y comía hasta que se dio cuenta de que la boca se le hacía un fuego y la cabeza una bomba de tiempo. Empezó a gritar y Rebequita que estaba de compras con sus Barbies giro la cabeza y vio a su primo que estaba tirado en el pasto y vomitando cosas rojas, que ella al ser tan niña de bien no podía ver un espectáculo de tal magnitud, así que fue avisar a su mamá Carlota.
Doña Carlota desesperada llamo a Doña Norma, que estaba preparando más copas de vino para los invitados, y al oír su nombre se le puso la cara blanca. Algo nerviosa fue hacía el jardín. Cuando llego al jardín vio que su pequeño Fer estaba tirado en el suelo revolcándose de dolor y lleno de cosas rojas por la cara. Desesperada cogió a su niño y le empezó a quitar todo lo que llevaba encima de la cara y le pregunto a Rebequita que es lo que había pasado.
Rebequita asustada solo le dijo que no había visto nada, que ella estaba jugando con sus Barbies y que no vio lo que estaba haciendo Fer.
En tanto el pequeño Fer seguía quejándose del dolor que sentía en la lengua y no era para menos, pues se había metido a la boca “Pipis de mono”, pequeños ajíes que pican una barbaridad y que te hacen ver al mismísimo demonio.
Francisco que ya llevaba más de dos copas de vino encima, apareció para preguntar que es lo que había pasado y Doña Carlota lo puso al tanto de la situación. Pero también gritaba como loca: ¡Dominga!, ¡Dominga!, ¡ven rápido con el agua, que el niño se esta muriendo!, ¿Ya Dominga?, hay esta chica. Ya vez Francisco, te dije que era muy lenta y tú dale con contratarla, la próxima vez hablo con mi amiga Mari carmen, la del Club, ¿Te acuerdas?, la del Bosque. Bueno, es igual Francisco, tú nunca te enteras de nada, hablare con ella, para ver si me puede mandar a la prima de su empleada, que me ha dicho que es una cholita muy rápida en todo. Hoy mismo la llamo. ¡Dominga!, ¿No ves como se demora con el agua la chola ésta, Francisco? Y aquí el niño muriéndose.
Al ver que la lengua de Fernandito volvía a su color original y que el dolor que sentía en el estomago ya calmaba, Doña Norma cogió a su niño y le dio un jalón de orejas de las que nunca olvidara Fernandito y le dijo: ¡Mira que te lo he dicho, no juegues con las plantas de la tía Yolanda! Y tu dale con jugar, eres terco. Toma más agua, haber si te pasa ya.
Una ves saciada su sed, Fernandito pudo hablar, ya que antes no podía ni le dejaban, porque lo único que recibía eran gritos de su madre y los de su tía Yolanda quejándose a lo lejos de sus plantas.
Yo pensaba que eran fresas, es por eso que las probé, no quería romper tus plantitas tía Carlota, perdóname, seré un niño bueno, ya veras que la próxima ves que venga no jugare en el jardín, me iré a jugar Atari con Rebequita. Te lo prometo.
Y Doña Norma dijo: Si serás burro, esos no son fresas son “Pipis de mono”, anda sécate esas lágrimas y alístate que ya nos vamos, ya has tenido suficiente por hoy. Fernandito se levanto y se fue corriendo al baño. En el camino se topo con Dominga que se estaba riendo de las explicaciones que había dado Fernandito y le dijo: Hay jovencito como va a pensar que esos son fresas, si eso pica como mil demonios. ¡Achachalay! Pobre mi nene. ¿Y cuantos has comido?, como diez, le dijo Fer. No pues jovencito si solo uno pica como mil demonios, diez ya es el infierno, ya no llores, anda lávate la cara que te tienes que ir… ¿Así que fresas no?, fresas picantes serán jovencito.
31 ene 2009
La Higuera
La duda que tenía Fernandito cada mañana al despertarse, era el porque su abuela se levantaba tan temprano, y sin hacer ningún tipo de ruido bajaba soñolienta, peldaño a peldaño, las escaleras de caracol del interior de la casa. A Fernandito le pareció muy extraña aquella escena.
Pero una mañana el pequeño Fer se levanto al igual que su abuela y decidió seguirla.
Fernandito que nunca se desprendía de su peluche de Naranjito, -un regalo que le hizo su tío Jerónimo por el mundial de España 82-, bajo abrazadito a el.
Su abuela, una señora regordeta, mofletuda, de ojos achinados y muy graciosa no le importaba madrugar, ya que desde niña se levantaba muy temprano para ayudar a su madre en los sembríos que tenían en Huanuco, su tierra natal. Siempre se entretenía con sus plantas y sus pequeños animales; donde podías encontrar cuyes, conejos, pollos, y hasta una cabra, a la cual llamo Perla. A la mamita, como le decía Fernandito no le preocupaba nada, solo sus pequeñas labores de casa y la atención a su huerta.
Todo lo que hacía detrás de su casa le traía muchos recuerdos de cuando era profesora de primaria en un colegio llamado Callahuanca. En aquel colegio, que se refugiaba entre las montañas del valle de Santa Eulalia, dicto los cursos de lenguaje y matemáticas, aparte de enseñarles a los niños como sembrar maíz y manzanas.
La abuela de Fernandito que se acompañaba de su curiosidad y de sus pasos lentos, ignoraba que su pequeño nieto estaba siguiéndola; y cada paso que daba la mamita, era una gran intriga para el pequeño Fer,-que era como lo llamaba su abuela-; que sin duda y con algo de miedo por ser descubierto, bajaba cuidadosamente las escaleras de su enorme casa.
Aquella madrugada, la luna aún no dormía.
Al ver que su abuela se dirigía hacía el fondo de la casa, supuso que esta vez también iría a la pequeña huerta a ver a sus plantas y a sus animales. Pero no solo era eso, sino que también era para descubrir algo más.
Nunca les dijo ese secreto a sus hijos.
Cuando Fernandito se vio dentro de la huerta perdido en medio de las hojas de los maizales se asusto y se puso a llorar.
Aún estaba amaneciendo y la oscuridad se filtraba entre las ramas.
Fue entonces que su abuela lo descubrió y fue en su ayuda. Busco entre las ramas de maíz y quiwicha y al llegar se encontró a Fernandito llorando y temblando de miedo; al instante lo arropo en su enorme cuerpo caliente y se le vino a la mente el recuerdo de cuando abrazo de la misma forma a Fatima, una niña que se perdió en el camino de Santo Domingo cuando una tarde decidieron bajar al Río Santa Eulalia y Fátima se quedo atrás y se perdió entre las grandes plantaciones de manzanas y chirimoyas que había detrás del colegio. ¡Vaya tarde!, se dijo doña Esperanza hacía dentro.
Al volver en si, la abuela de Fernandito le pregunto: ¿Qué haces levantado Fer?, y Fer le respondió entre secando sus lagrimas y ya mas tranquilo: Solo quería ver que haces mamita. Entonces fue ahí donde su mamita le enseño la higuera que tenía. Un árbol enorme y raro para Fernandito, pero que sabía que aquel árbol daba unos frutos riquísimos, que cada mañana su abuela Esperanza recogía para hacer mermelada y untarlas al pan para cuando sus hijos y nietos se levantasen.
Felipe, su tercer hijo, siempre disfruto de esos riquísimos desayunos.
Después de trepar por las ramas de la higuera y ayudar a su abuela a cosechar los higos, Fernandito le salio con una pregunta a su mamita que ella no se lo esperaba y mucho menos no sabía que contestarle: Abuelita, ¿Cómo son las flores de los higos?, y su mamita que no lo sabia, recordó el día que le hizo la misma pregunta a su difunta madre y ella le respondió: Esperanza, para ver las flores de los higos tienes que levantarte muy temprano. Porque quien madruga, Dios lo ayuda.
Y su mamita que siempre se levantaba muy temprano, no quería engañar a su pequeño Fer. Y le dijo: ¿Me ayudas hacer la mérmela?
Pero una mañana el pequeño Fer se levanto al igual que su abuela y decidió seguirla.
Fernandito que nunca se desprendía de su peluche de Naranjito, -un regalo que le hizo su tío Jerónimo por el mundial de España 82-, bajo abrazadito a el.
Su abuela, una señora regordeta, mofletuda, de ojos achinados y muy graciosa no le importaba madrugar, ya que desde niña se levantaba muy temprano para ayudar a su madre en los sembríos que tenían en Huanuco, su tierra natal. Siempre se entretenía con sus plantas y sus pequeños animales; donde podías encontrar cuyes, conejos, pollos, y hasta una cabra, a la cual llamo Perla. A la mamita, como le decía Fernandito no le preocupaba nada, solo sus pequeñas labores de casa y la atención a su huerta.
Todo lo que hacía detrás de su casa le traía muchos recuerdos de cuando era profesora de primaria en un colegio llamado Callahuanca. En aquel colegio, que se refugiaba entre las montañas del valle de Santa Eulalia, dicto los cursos de lenguaje y matemáticas, aparte de enseñarles a los niños como sembrar maíz y manzanas.
La abuela de Fernandito que se acompañaba de su curiosidad y de sus pasos lentos, ignoraba que su pequeño nieto estaba siguiéndola; y cada paso que daba la mamita, era una gran intriga para el pequeño Fer,-que era como lo llamaba su abuela-; que sin duda y con algo de miedo por ser descubierto, bajaba cuidadosamente las escaleras de su enorme casa.
Aquella madrugada, la luna aún no dormía.
Al ver que su abuela se dirigía hacía el fondo de la casa, supuso que esta vez también iría a la pequeña huerta a ver a sus plantas y a sus animales. Pero no solo era eso, sino que también era para descubrir algo más.
Nunca les dijo ese secreto a sus hijos.
Cuando Fernandito se vio dentro de la huerta perdido en medio de las hojas de los maizales se asusto y se puso a llorar.
Aún estaba amaneciendo y la oscuridad se filtraba entre las ramas.
Fue entonces que su abuela lo descubrió y fue en su ayuda. Busco entre las ramas de maíz y quiwicha y al llegar se encontró a Fernandito llorando y temblando de miedo; al instante lo arropo en su enorme cuerpo caliente y se le vino a la mente el recuerdo de cuando abrazo de la misma forma a Fatima, una niña que se perdió en el camino de Santo Domingo cuando una tarde decidieron bajar al Río Santa Eulalia y Fátima se quedo atrás y se perdió entre las grandes plantaciones de manzanas y chirimoyas que había detrás del colegio. ¡Vaya tarde!, se dijo doña Esperanza hacía dentro.
Al volver en si, la abuela de Fernandito le pregunto: ¿Qué haces levantado Fer?, y Fer le respondió entre secando sus lagrimas y ya mas tranquilo: Solo quería ver que haces mamita. Entonces fue ahí donde su mamita le enseño la higuera que tenía. Un árbol enorme y raro para Fernandito, pero que sabía que aquel árbol daba unos frutos riquísimos, que cada mañana su abuela Esperanza recogía para hacer mermelada y untarlas al pan para cuando sus hijos y nietos se levantasen.
Felipe, su tercer hijo, siempre disfruto de esos riquísimos desayunos.
Después de trepar por las ramas de la higuera y ayudar a su abuela a cosechar los higos, Fernandito le salio con una pregunta a su mamita que ella no se lo esperaba y mucho menos no sabía que contestarle: Abuelita, ¿Cómo son las flores de los higos?, y su mamita que no lo sabia, recordó el día que le hizo la misma pregunta a su difunta madre y ella le respondió: Esperanza, para ver las flores de los higos tienes que levantarte muy temprano. Porque quien madruga, Dios lo ayuda.
Y su mamita que siempre se levantaba muy temprano, no quería engañar a su pequeño Fer. Y le dijo: ¿Me ayudas hacer la mérmela?
20 ene 2009
Mujer de aventura...
Mujer de lluvia, que lleno mi vaso de whisky, de cigarrillo rubio americanizado y de canción desconocida.
Mujer de amor ligero e inseguro, la de poesía escondida.
Mujer que dejo besos por duplicado grabados en cada rincón de mi piel.
Mujer que dejo sabores....
Sabor a noche, a aventura, a infidelidad.
Mujer de mil batallas, la de mirada inquietante, la de cejas como bosques donde quede muchas veces perdido.
Mujer de los labios carnosos con sabores inventados.
Mujer de alma rebelde, la de corazón a préstamo.
Mujer que hace el amor como comprar pan por las mañanas.
Mujer de desayuno, de almuerzo y cena; la de las sabanas blancas almendradas.
Mujer de mundo y recuerdo verdadero.
Mujer de belleza...
La que dejo salir al sol por su cintura y guardo a la luna en su recuerdo.
Mujer de atardecer, de noche, de farol, de conquista....Mujer de aventura.
Mujer de amor ligero e inseguro, la de poesía escondida.
Mujer que dejo besos por duplicado grabados en cada rincón de mi piel.
Mujer que dejo sabores....
Sabor a noche, a aventura, a infidelidad.
Mujer de mil batallas, la de mirada inquietante, la de cejas como bosques donde quede muchas veces perdido.
Mujer de los labios carnosos con sabores inventados.
Mujer de alma rebelde, la de corazón a préstamo.
Mujer que hace el amor como comprar pan por las mañanas.
Mujer de desayuno, de almuerzo y cena; la de las sabanas blancas almendradas.
Mujer de mundo y recuerdo verdadero.
Mujer de belleza...
La que dejo salir al sol por su cintura y guardo a la luna en su recuerdo.
Mujer de atardecer, de noche, de farol, de conquista....Mujer de aventura.
Crónica a los libros olvidados
Esta tarde estuve sumergido durante cinco horas en una librería donde compre ocho libros. Pero lo mejor de todo esto, es que no se donde los voy a poner. Últimamente vengo comprando libros sin cesar, uno tras otro, como queriéndomelos terminar de un porrazo, pero no es así.Ahora mismo mi biblioteca se esta convirtiendo en un escaparate tétrico donde vez libros de todo tipo que se van haciendo invisibles y no leídos.
A Julio Ramón Ribeyro le paso lo mismo con su biblioteca, pero al de él se le lleno de libros parásitos,-que al fin y al cabo viene hacer lo mismo-, y que llegaban allí no se sabe como. Yo tampoco lo se.
Antes compraba un libro, lo leía y lo guardaba; ahora hago lo contrario, lo guardo y cuando tengo ganas o estoy triste escojo uno y me sumerjo en la historia de dicho libro, pero ya ni eso hago.
No se lo que me pasa.
Esta semana ha sido algo difícil en el trabajo, discusiones, males entendidos, reposiciones de cosas y demás; realmente una mierda.
Mierdas que no te permiten ni leer ni escribir bien, y que te dejan en un estado de soledad profunda queriendo recordar gratos momentos.
Hoy vuelvo a estar triste y no se de donde viene tanta tristeza. Me abruma. Me hiere.
A lo mejor sea la misma tristeza que tuvo Cesar Vallejo en París. No sabría explicarlo.
Un día Cesar me dijo: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”, y sin embargo yo no recuerdo cuando e vivido, porque ahora mismo me estoy muriendo con mis libros invisibles y a la vez legañosos que no tienen cuando despertar.
Seguro que más tarde me llamara Ramón y me dirá: “¡Oh, los libros saben tanto y están tan silenciosos!” y volverá a hundirme dentro de mis libros taciturnos, ignorantes de mi dolor que me produce abrirlos.
No se lo que me pasa. ¿O si lo sé?
Qué más da, aún me sigue costando abrir las paginas de mi dolor…aún me está quemando, aún están durmiendo.
Amputación...
Sufro al mirar por la ventana.
Y aunque no se como explicarlo, hoy me he convertido en una persona totalmente dependiente, dispuesta a que me resuelvan todos mis problemas… y me siento inútil. Al mismo tiempo llevo marchitándome dentro de esta caja más de medio año y no puedo soportarlo más. La realidad es que me estoy viendo un parecido con Gregor Samsa, el personaje de Franz Kafka en “La Metamorfosis” y me aterroriza.
Sí, es verdad, tengo miedo de convertirme en un escarabajo; solo el hecho de pensarlo me entra escalofríos, pero es que no se como escapar de dicho temor.
Hoy vinieron a verme unos amigos del trabajo, pero no he querido recibirlos, no quiero que me vean así, todo marchitado y enjuto. ¡Que se vayan!
Desde que tuve el accidente he quedado gravemente enfermo y esta enfermedad es profunda y cruel, ya que es mi propia tristeza la que me esta consumiendo hasta mis huesos húmeros, hasta el tuétano.
He sufrido una amputación de mi cuerpo y no me veo del todo simétrico, jamás me veré igual. Aunque el dolor de ver como amputaban mi brazo fuera horrendo, el dolor que llevo ahora es más grave, porque sufre todo mi ser. Porque el ve que no hay ninguna armonía en este cuerpo enjuto y se siente huérfano de padre y madre.
Lo mismo sentí cuando vine a Europa. El hecho de dejar aquellos paisajes andinos me sumergía en una carencia de afectos incomparables. No se como explicarlo.
Cada mañana cuando me levanto me asomo por la ventana y veo a la gente pasar despreocupados de lo que pasa en los interiores de esta clínica, ajenos de lo que yo siento y ajenos a todo tipo de dolor. Los veo inmunes.
Ahora deseo tener una intoxicación etílica profunda y no levantarme jamás. Quedar postrado en una cama atado e inconciente. Pero no creo que se me cumpla y eso se debe a que no soy muy católico.
Ramón me dijo un día: “El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad”, y hoy quiero salir de esta realidad, y no me importa lo que pueda pasar.
No quiero pensar que me he introducido en el túnel de la depresión, ni quiero burlarme de ella, solo quiero saber que es lo que me pasa, que es lo que me produce tanta tristeza.
La amputación de mi brazo ha sido el rocío final de mi otoño catalán y de mi agonía andina.
El temor de convertirme en un escarabajo sigue patente y estoy seguro que no se me ira del todo.
Lo que más me entristece es que ya no podré escribir jamás, ni podré presionar ninguna tecla con confianza, quedare roto ante mi altar de libros legañosos a la espera de que sean leídos o violados literalmente. Hoy estas líneas están siendo escritas por mi fiel amada, que se sumerge conmigo en este hoyo fantasmal que es el de no ser una persona simétrica.
Pues quiero huir de aquí. El sol ya está entrando como un ladrón en mi balcón catalán y yo sigo en la penumbra de mi rincón llamado Kafka.
Y aunque no se como explicarlo, hoy me he convertido en una persona totalmente dependiente, dispuesta a que me resuelvan todos mis problemas… y me siento inútil. Al mismo tiempo llevo marchitándome dentro de esta caja más de medio año y no puedo soportarlo más. La realidad es que me estoy viendo un parecido con Gregor Samsa, el personaje de Franz Kafka en “La Metamorfosis” y me aterroriza.
Sí, es verdad, tengo miedo de convertirme en un escarabajo; solo el hecho de pensarlo me entra escalofríos, pero es que no se como escapar de dicho temor.
Hoy vinieron a verme unos amigos del trabajo, pero no he querido recibirlos, no quiero que me vean así, todo marchitado y enjuto. ¡Que se vayan!
Desde que tuve el accidente he quedado gravemente enfermo y esta enfermedad es profunda y cruel, ya que es mi propia tristeza la que me esta consumiendo hasta mis huesos húmeros, hasta el tuétano.
He sufrido una amputación de mi cuerpo y no me veo del todo simétrico, jamás me veré igual. Aunque el dolor de ver como amputaban mi brazo fuera horrendo, el dolor que llevo ahora es más grave, porque sufre todo mi ser. Porque el ve que no hay ninguna armonía en este cuerpo enjuto y se siente huérfano de padre y madre.
Lo mismo sentí cuando vine a Europa. El hecho de dejar aquellos paisajes andinos me sumergía en una carencia de afectos incomparables. No se como explicarlo.
Cada mañana cuando me levanto me asomo por la ventana y veo a la gente pasar despreocupados de lo que pasa en los interiores de esta clínica, ajenos de lo que yo siento y ajenos a todo tipo de dolor. Los veo inmunes.
Ahora deseo tener una intoxicación etílica profunda y no levantarme jamás. Quedar postrado en una cama atado e inconciente. Pero no creo que se me cumpla y eso se debe a que no soy muy católico.
Ramón me dijo un día: “El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad”, y hoy quiero salir de esta realidad, y no me importa lo que pueda pasar.
No quiero pensar que me he introducido en el túnel de la depresión, ni quiero burlarme de ella, solo quiero saber que es lo que me pasa, que es lo que me produce tanta tristeza.
La amputación de mi brazo ha sido el rocío final de mi otoño catalán y de mi agonía andina.
El temor de convertirme en un escarabajo sigue patente y estoy seguro que no se me ira del todo.
Lo que más me entristece es que ya no podré escribir jamás, ni podré presionar ninguna tecla con confianza, quedare roto ante mi altar de libros legañosos a la espera de que sean leídos o violados literalmente. Hoy estas líneas están siendo escritas por mi fiel amada, que se sumerge conmigo en este hoyo fantasmal que es el de no ser una persona simétrica.
Pues quiero huir de aquí. El sol ya está entrando como un ladrón en mi balcón catalán y yo sigo en la penumbra de mi rincón llamado Kafka.
Deseo
Deseo soñar, deseo llorar, deseo entristecer, deseo reír, deseo un deseo, deseo un abrazo, una mano; deseo un beso, deseo cantar, deseo verte, tocarte, hablarte.
Deseo bailar, deseo una canción, una poesía, un verso; deseo tu mirada, deseo tantas cosas. Deseo volar, deseo saltar, deseo conocer mundos extraños, deseo recordar, deseo olvidar, deseo vivir....deseo morir.
Deseo bailar, deseo una canción, una poesía, un verso; deseo tu mirada, deseo tantas cosas. Deseo volar, deseo saltar, deseo conocer mundos extraños, deseo recordar, deseo olvidar, deseo vivir....deseo morir.
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